EL CONSUMO DEL  AGUA

El agua constituye uno de los componentes esenciales de nuestro cuerpo del cual, forma parte en más de un 50% de nuestro peso, siendo un extraordinario vehículo para la eliminación de toxinas. Podemos afirmar sin lugar a equivocarnos que el agua es el germen de la vida.

El proceso de evolución natural de nuestro cuerpo hace que, con la edad, vayamos perdiendo agua y nos deshidratemos. Utilizando un símil podríamos decir que nacemos como uvas, redondeados y llenos de agua, y morimos como pasas, deshidratados. Con el paso del tiempo nuestro cuerpo va perdiendo agua lo que lleva consigo la aparición de arrugas y la flacidez de la piel, consecuencias que se pueden atrasar con una buena hidratación. 

Podemos vivir durante mucho tiempo sin alimentos pero no sin agua, ya que ésta es imprescindible para numerosos procesos que tienen lugar en nuestro organismo como puede ser el mantenimiento del volumen sanguíneo, la digestión, la absorción y el transporte de nutrientes y de oxígeno, para mantener la temperatura corporal etc. siendo además un solvente que interviene en numerosos procesos metabólicos, entre los que destacamos la excreción de sustancias que el organismo no necesita. 

Para darnos cuenta de la necesidad de beber basta con pensar que perdemos agua continuamente a través de los riñones (unos 1400 ml diarios), de la piel (entre 200 y 600 ml diarios), de la respiración (unos 600 ml diarios), o la defecación (150 ml diarios). Así pues si estamos a eliminar agua diariamente es necesario reponer este importante líquido con la misma periodicidad para evitar deshidratarnos. Resulta obvio que nuestro cuerpo no dispone de un almacén donde retener la dosis diaria de agua que necesita, por lo que resulta evidente la necesidad de reponerla diariamente.

¿Qué cantidad de agua deberemos beber?

Esto depende de la persona, de su constitución, de la actividad, etc. pero podemos establecer una media de ocho vasos diarios, cantidad que incrementa en épocas de calor o de mucha actividad física. Hay que tener presente que la deshidratación lleva consigo una concentración de desechos y, con tiempo, puede dar lugar a la aparición de problemas con nuestros riñones o con la vejiga. Existen estudios que ponen de manifiesto que sería necesario ingerir 1 ml de agua por cada caloría consumida. 

Como norma general, salvo que necesitemos perder peso, tomaremos el agua a temperatura ambiente o ligeramente templada, ya que la ingestión de agua fría obliga a nuestro organismo a gastar energía es decir, a quemar calorías, en calentarla. Por eso indico que en el caso de pretender bajar de peso se puede resultar recomendable tomar el agua más fresca. 

Si realizamos una buena hidratación nuestra orina debe ser clara y transparente. Un color oscuro suele poner de manifiesto la carencia de agua en nuestra ingestión. 

Suele decirse, seguramente por intereses ajenos a nuestra salud, que podemos hidratarnos mediante la ingestión de refrescos, y no es así pues los refrescos se encuentran saturados de elementos que dificultan, o imposibilitan, la función del agua como solvente.

¿Qué tipo de agua?

El agua que utilizaremos para beber debe ser una agua liviana, libre de tóxicos (pensar en el cloro del agua del grifo de las ciudades) y alcalina. Aquí quiero señalar que la gran mayoría de las aguas minerales son ácidas, y por lo tanto, hay que consumir con moderación.

Beneficios de una buena hidratación

  • Previene la formación de cálculos renales y disminuye la posibilidad de infecciones urinarias. 
    Reduce el riesgo de problemas cardíacos. 
    Ayuda a mantener lubricadas las articulaciones. 
    Beneficia al cerebro, que en buena medida depende del agua, puesto que la deshidratación de las células cerebrales, junto con otras causas como la falta de sodio o de triptófano, están entre las causas principales del Alzheimer, el Parkinson, la esclerosis múltiple, etc. por falta de nutrición de los mecanismos neurotransmisores. 
    Prevención de calambres. 
    Contribuye a un mejor control bacteriano en la boca, a través de la saliva. 
    Hidrata la mucosa de la nariz, la garganta, los bronquios y los pulmones reduciendo la posibilidad de infecciones virales.
    Una correcta hidratación mantiene la piel hidratada y suave. 
    Resulta especialmente importante controlar una buena hidratación en caso de un embarazo ya que es necesario por parte de la mujer mantener una mayor producción de sangre y evitar que tenga lugar una deshidratación durante la lactancia. 
    Estudios recientes hablan de la posibilidad de reducir casi en un 50% las posibilidades de cáncer de cólon, de vejiga, y de senos, ya que al estar bien hidratados la eliminación de sustancias tóxicas es más eficaz.

¿Qué pasa cuando nos deshidratamos?

La deshidratación mata silenciosamente, al año, millones de personas e interviene como una de las causas importantes en las alergias, el asma, los dolores crónicos (como el artrítico y reumatoide), las jaquecas, la colitis, etc. Todos estos efectos variarán en función del grado más o menos severo de esta deshidratación y de la constitución de la persona, pero conviene tenerlos presentes. 

Algunos de los síntomas que se presentan con la deshidratación, con mayor o menor severidad, pueden ser la sed, la sequedad de las mucosas y de la piel, la sensación de ardor y de acidez gástrica, la somnolencia, la fatiga extrema, los ojos hundidos, el pulso acelerado, el descenso de la tensión arterial, la fiebre, retención de líquidos (seguramente empiezan a fallar los riñones).

¿Cúando hay que beber más?

      Será necesario incrementar la ingestión de agua, que no olvidemos que es un alimento, cuando realicemos mucho ejercicio, haga mucho calor o humedad elevada.
        Cuando ingerimos productos ricos en grasas y proteínas, puesto que contienen menos agua, y de esta manera ayudaremos a eliminar los residuos metabólicos.
        Si se tienen problemas de cálculos de riñón o infecciones urinarias.
        Si toma mucho café, alcohol, té o refrescos que suelen ser diuréticos y por lo tanto nos hacen perder agua a través de la orina.
        En caso de infecciones, fiebre, vómitos, o diarreas, que en general suponen una pérdida de agua.
        Y es especialmente importante beber mucho cuando vamos envejeciendo para evitar algunos de los problemas citados anteriormente.

Algunos errores:

Es frecuente justificar beber poco para evitar la retención de líquidos. Una persona sana no retiene líquidos. Por lo tanto habrá que pensar en la existencia de otros problemas. Recordemos que la deficiencia de agua conduce al estreñimiento, problemas articulares y tendinosos, piel arrugada, orina más concentrada que favorece la formación de arenas o cálculos, etc.

Con frecuencia recurrimos a la sauna para perder peso y hay que tener presente que el sudor nos hace perder numerosos electrolitos que habrá que reponer de inmediato. Por eso después de una sauna es necesaria la ingestión de zumos que compense esa pérdida de electrolitos; preferiblemente zumo de naranja. No es necesario recurrir a productos artificiales. 

En numerosas ocasiones leemos o escuchamos, de personas que toman diuréticos para perder peso. Esto es un grave error que debe ser evitado salvo por prescripción médica. Tengamos presente que el agua no engorda y que, mismo si la tomamos a unos 14°, como la eliminamos a 37, gastaremos una serie de calorías en calentarla.

Cómo tomar el agua

La calidad del agua como ya cité anteriormente debe ser liviana y alcalina. Esta alcalinidad viene justificada por la necesidad del páncreas de gran cantidad de minerales alcalinos, y tengamos presente que un cuerpo deshidratado no los contiene, con lo cual su digestión se ve muy dificultada debido a que el jugo gástrico no se neutraliza adecuadamente y el estómago trata de vaciarlo vomitando, lo que provoca el ardor de esófago.

Hay mucha gente que comenta que le sienta mal el agua, o que no son capaces de tomar la cantidad que necesitan diariamente. En las lineas siguientes voy a dar unas pautas, que cada uno adaptará según su propia conveniencia, pero que resultan interesantes para obtener el máximo beneficio de la ingestión correcta de agua

        Un vaso de agua templada por la mañana, nada más levantarnos, constituye una magnífica manera de activar tus órganos.
        Un vaso de agua 30 minutos antes de cada comida, no durante ella, ayudará a la digestión y a reducir la ingestión de alimentos, lo que repercute en una posible pérdida de peso y, como no, en una mejor digestión. En general comemos en exceso.
        Tomaremos un par de vasos de agua antes de irnos para la cama y el resto entre horas.

Es una buena idea tomar un vaso de agua antes de un buen baño de agua caliente para ayudar a reducir la presión sanguínea. 

Podemos complementar la ingestión de agua, para hidratarnos mejor, tomando alimentos que hidraten, en función de nuestra constitución. Son muy importante las frutas como las uvas, la sandía, los tomates, etc. 

Si necesitamos endulzar es muy importante no tomar azúcar, ni bebidas azucaradas que acostumbran contenerlo, sustituyéndola en caso de necesidad por miel (cuanto más antigua mejor, procurando que sea de extracción en frío), ágave, estevia, azúcar de coco, azúcar de dátil, etc.

La calidad del agua

Este es un punto a tener muy presente. Como ya dije anteriormente es preferible la ingestión de un agua ligera y alcalina. Sé que para muchas personas puede resultar algo difícil adquirir este agua pero siempre cabe soluciones; una de ellas sería recurrir al agua de un buen manantial, o a la utilización de un filtro que nos permita adecuar la calidad del agua para nuestro consumo. 

Para mucha gente el suministro de agua proviene del grifo, con el peligro que supone la presencia de cloro. Una manera de evitarlo sería hervir una importante cantidad de agua, durante 5 a 10 minutos, para que desprenda el cloro. A continuación se dejaría enfriar y se consumiría durante el día. 

El consumo continuado de aguas minerales puede presentar algunos problemas, no sólo por el hecho de que sean mayoritariamente ácidas, sino porque en ellas es posible detectar la presencia de algunos contaminantes como consecuencia de los procesos de industrialización.

Cómo consumitrla

Preparado el agua vamos a ver ahora una serie de formas de hacer que su ingestión sea más llevadera, variada, y que mismo presente algunos beneficios adicionales, introduciendo además nuevos sabores. 

Ese primer vaso de agua que vamos a consumir por la mañana puede mejorar notablemente su eficacia si le añadimos un poquito de cayena y un chorro de limón. Ya tenemos un nuevo sabor y un nuevo beneficio por el incremento de la alcalinidad gracias al limón y de mejora del fuego intestinal gracias a la cayena. No está de más recordar que uno de los principales obstáculos para gozar de una buena salud, es que constituye la base de prácticamente todas las enfermedades, es la acidez. 

Otra magnífica posibilidad de modificar el sabor del agua sería dejarla cierto tiempo en el frigorífico (por ejemplo toda la noche) con unas hojas de menta. A parte de gozar de las propiedades de la menta añadiríamos al agua un sabor refrescante a pesar de que por la mañana lo saquemos del frigorífico y lo dejemos a temperatura ambiente. 

Según la época podemos añadir a nuestra agua de bebida trozos de frutas, como pepino, frambuesa, naranja,… que le darían un sabor diferente. Para aquellos que no quieran renunciar a la costumbre de tomar un zumo de frutas no estaría mal que se acostumbraran a diluirlo con agua al 40 o 50%. 

Si como es deseable utilizamos cítricos ecológicos podemos utilizar sus cáscaras para dejarlas cierto tiempo en agua y darle a ésta un regusto diferente. No hace falta decir que estas cáscaras deben estar perfectamente limpias y exentas de contaminantes. 

El vaso de agua que tomamos antes de cada comida podemos tratarlo para que nos ayude a mejorar nuestra digestión. Esto lo conseguiremos añadiendo unas rebanadas de jengibre fresco y dejándolo en remojo durante cierto tiempo. Ese ligero sabor a picante resulta muy agradable y nos ayudará a mejorar el proceso digestivo. 

Nuevos sabores podemos conseguirlos añadiendo al agua algunas bayas congeladas, sin azúcar, como las grosellas, los arándanos, las moras, etc.

Una fórmula para salir del paso, y preparar nuestra propia agua alcalina, podría consistir en añadir en uno de los vaso de agua un poco de bicarbonato sódico y el zumo de medio limón, y en otros tres o cuatro vasos añadiendo únicamente el zumo de limón. Con eso conseguiríamos, casi al 100% , tener garantizado un cuerpo alcalino. Esto si, teniendo en cuenta que no consumamos productos refinados, carne, lácteos, etc. 

Con niños pequeños en época de calor, podemos preparar un suero casero. Es muy fácil. Llega con mezclar 1 litro de agua hervida y fría con cuatro cucharaditas de azúcar de caña, o alguno de los edulcorantes citados anteriormente, media cucharadita de sal de salazón (no de supermercado), media cucharadita de bicarbonato y el jugo de un limón. Consumir a temperatura ambiente.

Finalmente, y para terminar, recomendar que para que no se nos olvide beber, será de gran ayuda llevar siempre con nosotros una botella de agua, preparada de cualquier manera de las formas anteriores, y beber sin esperar a que tengamos sed.