UNA HOJA QUE CAE AL RÍO

Una de las características más singulares de nuestros ríos, que incluso nos permite intuir su trazado desde lejos, es la presencia en sus márgenes de una vistosa banda de vegetación que, lamentablemente con excesiva frecuencia, representa ya el último vestigio de vegetación natural del entorno y, por lo tanto, una auténtica isla en la que encuentran su último refugio numerosas especies vegetales y animales. Esta es una de las razones por las que las riberas de nuestros ríos tienen, además de un indiscutible valor paisajístico y recreativo, una enorme importancia ecológica. Además, su destrucción representa una de las más graves y duraderas agresiones a nuestros ecosistemas fluviales. Conocer algunas de las múltiples funciones que esta vegetación desempeña en nuestros ríos es el objetivo de las siguientes líneas. 

La vegetación de ribera contribuye de una manera importante a la depuración de las aguas superficiales y freáticas y a la fijación de nutrientes. Las plantas de ribera cuando crecen, lo hacen incorporando a través de sus raíces gran cantidad de sustancias, entre las que encontramos algunos contaminantes (como los nitratos o los metales pesados), que por este motivo son secuestrados y retirados de la circulación directa por las aguas al quedar almacenados en sus tejidos. Aunque, al morir estas plantas, algunas de estas sustancias puedan entrar de nuevo en circulación, la mayoría, como resultado del proceso de mineralización, quedarán desactivadas. Las plantas de ribera actúan, por tanto, como verdaderos filtros verdes que realizan una importante depuración natural.

 

 

Por otra parte, el armazón que configuran sus raíces no sólo sirve de refugio a muchos organismos acuáticos, sino que además representa una especie de red que atrapa el suelo, y que lo protege de este modo contra la enorme fuerza erosiva de la corriente, que tiende a desgastarlo y arrastrarlo corriente abajo, lo que provoca, cuando las lluvias son muy intensas, enormes riadas de barro y lama. 

Los árboles y arbustos que forman parte del bosque de ribera proyectan sombra sobre el río, una sombra de la que, sin duda, todos disfrutamos alguna vez, y que también es esencial para muchos animales que viven en el río. El calentamiento excesivo del agua, entre sus múltiples efectos, dificulta, como por ejemplo su oxigenación, y esto afecta directamente a muchas especies de animales que necesitan para su supervivencia aguas frías y muy bien oxigenadas.


Sin duda, una de las funciones más importantes y, así mismo, menos conocida de la vegetación de ribera, es su decisiva contribución a la "alimentación del río". Durante todo el año, especialmente en otoño, sobre el lecho de nuestros ríos cae de forma incesante una "lluvia de materia orgánica" en forma de hojas, ramas, etc. Este aporte de alimento llega a ser tan importante que, sobre todo en los tramos altos de nuestros ríos puede representar incluso un 99% de toda la energía que utilizan los organismos acuáticos.

 Veamos qué ocurre cuando una hoja de un aliso, una de las especies más representativas de las riberas de nuestros ríos, cae al río. Rápidamente los microorganismos (hongos, y bacterias) se instalan sobre ella y, al producir enzimas que atacan sus tejidos, la van ablandando poco a poco, es decir, "acondicionándola". Nuestra hoja recibe entonces la visita de numerosas larvas de insectos que comienzan a destrozarla, utilizando pequeños fragmentos vegetales para su alimentación. La acción combinada de los microrganismos y de estos insectos "cortadores o trituradores" va convirtiendo nuestra hoja en pequeñas partículas y en sustancias solubles que son arrastradas por la corriente. Es el inicio de toda una cadena alimentaria, pues estas pequeñas partículas pueden ser utilizadas ahora por otros organismos, y finalmente todos estos pequeños invertebrados serán a su vez el alimento de los grandes predadores (Peces, Anfibios...). Y evidente, así, que cuando eliminamos o modificamos de manera sustancial a vegetación de ribera, interrumpimos o alteramos la cadena alimentaria y ponemos, por lo tanto, en grave peligro la supervivencia de todos los organismos del río. 

En un reciente informe de la S.E.O. (Sociedad Española de Ornitología) sobre el estado de conservación de las riberas fluviales en España, se llegaba a la conclusión de que presentan un alto grado de degradación y que este proceso continúa actualmente y se produce a un ritmo más rápido que el de su posible restauración o regeneración natural. Entre los numerosos factores que alteran las riberas se señalan como más importantes en los ríos de nuestra comunidad la legislación de los caudales a través de los embalses y la ocupación del fondo del valle. Y decir, que nos acercamos cada vez más al río, y le robamos su terreno para destinarlo a diferentes usos; se incrementa entonces el riesgo de encharcamientos y esto nos sirve de justificación para dragarlo, encanalizarlo o canalizarlo, es decir, convertirlo en un tubo. Lamentablemente, aunque la legislación actual sería suficiente cuando menos para garantizar un aceptable estado de conservación de las riberas, una vez más las leyes medioambientales cumplen la perfección su función decorativa.